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Adoro la teletransportación

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El nido vacío  Se trata de la última película de Daniel Burman, estrenada el jueves pasado. Una película de  autor muy cuidada, con muy buena producción (BD), de esas que hay pocas en Argentina. La verdad que el chabón la tiene re clara, tiene una buena historia y la sabe vender.  La peli tiene un formato internacional, más allá de que el tema sea inherente a cualquier sociedad occidental basada en la familia. Todo el tiempo me imaginaba un público español por ejemplo. La Buenos Aires que muestra, es la de la clase media-alta: microcentro, shoppings, viajes; la clase media que no ve los conflictos sociales. Con esto no estoy haciendo una crítica, me parece bien que una película argentina no baje línea social. Y sin importar lo que me parezca, el cine argentino tercermundista pasó de moda en Europa, y Burman lo sabe muy bien.  Es una película íntima, que trata de captar las sutilezas de los vínculos. La primera escena me pareció simplemente increíble. Burman supo mostrar la complicida...

Fantasmas

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Les transcribo un fragmento de ese libro, segunda parte de "La trilogía de Nueva York" de Paul Auster. Digamos que me encontré leyendo esto hoy, y me sentí perfectamente identificada con este fragmento. Especialmente en estos días. " Azul se imagina a sí mismo en otro sitio, lejos de allí, caminando por el bosque y balanceando un hacha sobre su hombro. Solo y libre, dueño de sí mismo al fin. (...) Pero no va más allá. Porque no bien empieza a pasear por ese bosque que está en mitad de ninguna parte, nota que Negro también está allí, escondido detrás de un árbol, acechando invisible a través de la espesura, esperando a que Azul se tumbe y cierre los ojos antes de acercarse furtivamente a él y cortarle el cuello.  Continúa indefinidamente, piensa Azul. Si no se ocupa de Negro ahora, el asunto nunca tendrá fin. Eso es lo que los antiguos llamaban destino , y todos los héroes debían someterse a él. No hay elección si hay que hacer algo, eso es lo único que no deja elección....

Gastroenteritis aguda

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Aquí me encuentro yo, frente a mi pc hogareña, dentro de la frontera de mi habitación. Es lunes, horario laboral, pero yo, felizmente en casa.De vez en cuando tengo que correr al water*, y debo aceptar el extorsivo trueque de una tostada por una corrida a ya-sabemos-dónde. Pero nada como un flashback a mi vieja y amada rutina. Lo alarmante es lo rápido que me readapto, y que no me cuesta ni un poco. Como si nada. Me despierto sin alarma (aunque más temprano por la costumbre de mi reloj interno), desayuno tranquila escuchando radio (en lugar de Perros, escucho Peña) y subo un rato a la compu. Ahora, como buena ñoña que hace tiempo no pude ser, me voy a poner a estudiar y a aprovechar para organizarme. ¡Aguante tomarse el día por enfermedad! Lo que me preocupa es la siguiente comparación: Cuatro meses para acostumbrarme a levantarme a las siete, y todavía no logro llegar a viernes (a miércoles siquiera) sin que me duela la cabeza por el sueño. Un día para que todo vuelva a ser como antes...

Gente del treinta y nueve tres

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Hace tiempo que quiero escribir sobre los habitués del treinta y nueve tres. Es la única línea que une el centro con Palermo, y los que lo tomamos somos siempre los mismos. Uno de estos personajes es "Madre Teresa de Calcuta" o "Malcom* matutina". Empecé a llamarla así porque es la típica que no se sienta nunca, y está siempre pendiente de que los demás le den el asiento a la señora mayor, a la embarazada, al niño con mochila, etc. Poco a poco empezó a trasmutar a Malcom. Viaja siempre con el novio, y siempre con mala cara. Aparecen siempre de a dos, pequeñitos de tamaño, nunca de la mano. Ella suele tener su cara de preocupación, y chequea el reloj cada dos minutos dando resoplidos mientras se asoma a ver si viene. Él, pobre, la mira con cara de pollito mojado. Mudos. Él siempre tuvo la culpa de algo. Cada mañana. Tienen perfil de estudiantes de algún lugar del interior de Buenos Aires, que viven solos. Ella seguro que apenas llegó vivía en una pensión para estu...

Sueño de anoche, fresquito, fresquito.

Estaba yo en un campo, con mucho pasto verde brillante, al borde de un bosque. Estaba con Soledad, y Yamila. A Sole o a Ange se le había perdido algo y lo estábamos buscando. No sé bien qué era, pero era algo de un color intenso, que tenía que ser naranja o verde flúo. Cada tanto una hojita de pasto fluorescía (¿existe este verbo?), y pensaba que lo había encontrado pero no era. También había unas tiritas naranjas tiradas, pero tampoco era lo que buscábamos, tan sólo eran pedazos de una pulsera de goma rota. El paisaje parecía un clásico montañil bolsonero. De repente alzo la vista del suelo, y hacia el otro lado, a mis espaldas, veo un imponente horizonte de picos nevados, y un valle verde al fondo. A un metro mío comenzaba una especie de charco fangoso, que se iba convirtiendo en laguna, luego en lago, y finalmente en río a medida que miraba mejor. Lo primero que pensé fue en mojarme los pies. Pero en seguida vi un "coro" de maestras paradas del otro lado del charco observ...

La batalla del calentamiento

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"Miranda se puso contenta cuando oyó el revuelo. La batalla funcionaba, los chicos estaban ahí, a un pasito, enseguida los sacarían de esa lata helada. Se sentía tan feliz que ni siquiera advirtió que ya cantaba sola, seguía entonando y moviéndose como saltimbanqui porque estaba chocha pero además por necesidad, los chicos necesitaban más calor que nunca, no era un buen momento para detenerse, todo lo contrario (...) ... Marco estaba tranquilo, se restregó los ojos como si despertase de una siesta y preguntó si había salido el sol. Lucio se hechó a reír, claro m´hijo, le respondió, aunque sea de noche el sol sale igual si no libra la batalla del calentamiento" El mejor final que pudo haber tenido este libro hermoso lleno de sutilezas. Les advierto que les voy a cagar el final . Pero no importa, continúo: En esta parte, Miranda canta esa canción infantil para entrar en calor. Sólo que lo está haciendo para derretir un alud de nieve que tiene atrapado a un micro escolar lleno d...

Quiero decir que he cambiado

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Pero no tanto. He cambiado en que ya no paso mis domingos viendo películas hermosas acurrucada en el sillón tapada con frazadas y ronroneada por mi gata. Películas hermosamente tristes, conmovedoras hasta las lágrimas, después de la cual me encerraba en mi pieza y abrazaba la almohada llorando por quién sabe qué; alguna herida antigua saliendo a la luz, curándose, purificándose. Extraño esos momentos de autocompasión en los que no pensaba en nada más que nada, dedicada a mirar el techo, o la pared de al lado de mi cama. El roce de mis sábanas preferidas en mi piel, y pensar en aquel hombre que no está, que no existe, pero que quién sabe algún día aparecerá y me amará. Las mañanas ya no son tan largas como me gustaría. Y no porque me levante tarde sino todo lo contrario. Dormir hasta las diez y desayunar hasta las doce es lo más parecido a una mañana feliz que puedo imaginar. Despertar sin despertador, quizás dormir un poco más, y recién entonces prepararme un desayuno, y no emitir pala...